TAUROMAQUIA

Los festejos taurinos tradicionales de Hornos de Segura atesoran una gran historia, una visión de Julio Ortega

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Recuperar lo perdido en Hornos”. Los festejos taurinos tradicionales atesoraban la esencia y la comunión de animales y gentes. Ahora se apunta a la mejora de sus encierros. Ya se vuelve a poner tierra en las calles y una corta verea. Julio Ortega, vecino torero que dio sus primeros pases en La Rueda a sus diez años, narra lo acontecido en Hornos y el probable renacer de aquella añorada fiesta.
Hay rumores que en Hornos se quieren recuperar los encierros con cabestros en sus fiestas patronales. Si esto fuera así, y se consiguiera, sería para echar las campanas al vuelo y festejar a lo grande la recuperación de una tradición perdida hace más de cincuenta años, pero también por acabar con la triste e insostenible escena en que se han convertido estos festejos taurinos. Y no es un capricho, es una necesidad si queremos que no degenere aún más y preservar nuestra cultura e identidad. No es tarea fácil, y sería bueno conocer de donde venimos para saber donde se quiere ir.
Para ello es necesario adentrarnos en la noche de los tiempos porque Hornos siempre tuvo un vínculo especial con el ganado bravo. Desde tiempo inmemorial en sus fiestas patronales se corrían los encierros que entraban por la Puerta de la Villa, seguían por la calle Real hasta llegar a la Plaza de la Rueda, cuyo nombre es ancestral y viene de ahí, de ruedo, de los ruedos de Hornos, como bien los cita Jose Luis González Ripoll en su hermoso libro «Los Hornilleros».
Allí esperaba la Rueda, con la Iglesia y el Ayuntamiento de testigos. Con arena en su piso, como debe ser, para dar ventaja a los animales y que no resbalaran, animales a los que respetaban y querían. Eran vacas suyas, de su término, de la ganadería brava que pastaba en los Llanos de Bujaraiza y San Román; y decenas de vacas bravas de labor con las que los hornenses, tan bravos como ellas, labraban la tierra roja -entre carmín y escarlata- de su rica y extensa Vega, de sus empinados olivares, de sus terrazas y quiñones sacando trigales de ensueño de sus pedregales.
Eran vacas que daban pan, aceite y emociones en La Rueda. Podían lidiarse más de veinte cada día, muchas daban un juego extraordinario, siendo motivo de orgullo para sus dueños. Conforme las lidiaban, una a una, les abrían el portón y por el campo, dejando atrás el gentío y alboroto cada una volvía a su casa, a su cortijo o aldea, a la querencia del jugoso pesebre, al calor de la voz y caricia del amo. Algunas tardaban días en regresar, y en ese tránsito, pastaban donde querían sin que los daños que ocasionaran en huertos y sembrados se percibieran como daños, eran considerados como una contribución de gratitud.
Todavía resuenan los ecos del toro Espartero en los años cuarenta del siglo pasado. Un toro jijon rubio tostado ojo de perdiz, con el que Francisco López, su dueño, hacía cantar al arado labrando la tierra de Camarillas. Espartero, con su sangre brava tiraba del arado tranquilo y sereno, hincando los cuartos traseros, con su paso impasible vencía las cuestas a la voz de Francisco y el arrullo de la reja. Ataviado con frontil, anteojeras y bozal de labores de crizneja y cordelillo de esparto que el mismo Francisco trenzó. Y el liso y suave ubio de madera de fresno, de aquellos fresnos benditos de la Vega de Hornos que tan buenos ubios dieron, dulces sombras y mil nidos de ruiseñores.
Espartero era noble, prefería trazar la besana que la pelea, y en la Rueda, al principio, rumiaba mirando al campanario a la vez que con el rabo se espantaba las moscas. Hasta que un mozo se pasó de la raya y lo enfadó, y con un bufido que levantó las chinas del suelo dijo que ya estaba bien, y como el que se quita una paja del hombro echó al suelo una barrera y ante el pánico de la gente, vio la puerta del bar de Robles abierta, y los músicos, qué estaban dentro, huyeron al patio trasero hasta donde llegó Espartero. Allí cantaron la canción del miedo como nunca, colgados al otro lado del muro con más de cincuenta metros de precipicio.
Así fue, con ese vínculo, durante siglos hasta el año 1948, cuando el Pantano del Tranco lo arruinó todo. Quedaron sepultados para siempre muchos recuerdos y sueños, caminos, fuentes, bancales, ribazos, buceras, las serpenteantes acequias árabes, los Baños y Saleros romanos, encinas centenarias, árboles frutales por cientos… Muchas emociones y muchos sentimientos…
La ganadería brava de Bujaraiza desapareció y poco a poco las vacas bravas de labor. Hornos perdió su joya y a un tercio largo de su población, pero siguieron las fiestas como antídoto al desaliento, y sus encierros con cabestros entrando por la Puerta de la Villa hasta La Rueda, ésta vez de la ganadería Santolaya, de la vecina Siles. Se redujo a un encierro, y el tamaño y número de reses a tres, una de ellas más pequeña para los niños toreros. Quedó poco, pero quedó la esencia. El tronar de los cencerros de los cabestros seguían resonando por las estrechas calles y La Rueda como un cordón umbilical sensorial que nos unía a nuestras raíces y pasado.
Era entonces la Rueda escuela de maletillas, catedral de sueños de jóvenes que con su hatillo al hombro recorrían los pueblos en fiestas toreando para aprender. Engalanada con bombillas de colores, guirnaldas y papelillos. Olía a vaca, pólvora y a vino de la verbena. El Reloj de la Villa cantaba las horas, los papelillos hablaban cuando los movía el viento acompañando chillidos, aplausos y olés.Y al final, como premio al arte y valor: unas monedas en el capote, suficientes para seguir adelante y subsistir.
Había entonces también buenos toreros en Hornos, aficionados prácticos como Sabanillas que, con su toreo cuasi cómico, dejaba a todos con la boca abierta; o Kiko el Trancas, aún entre nosotros, con su toreo de arrojo y valor. Ambos hacían virguerías delante de las vacas con más de sesenta años. Algunos, como yo, quisimos coger el testigo, pero sin poder llegar a la altura de la suela de sus zapatillas.
Aquellas vacas, de principio a fin, hacían comunidad: el último día se sacrificaban y su carne, preparada en lotes, se repartía entre todas las familias del pueblo.
Eran unos festejos taurinos singulares y con valores, y así fue hasta 1970, hace más de cincuenta años, cuando a alguien se le ocurrió que era mejor traerlas en camión, cambiando el antiguo encierro por un moderno desencajonamiento, el aroma a cabestro y campo por la peste a gasoil quemado, el tolón tolón de los cencerros por el run run de un motor.
A partir de entonces los festejos taurinos se fueron degradando poco a poco, año tras año, con modificaciones que, aunque la intención fuera buena, el resultado fue fatal. Emulando a Beas, se amplió el espacio con las calles Enmedio y Real, Plaza de San Vicente y Plazoleta. Así la Rueda dejó de ser el centro neurálgico del festejo. Dejó de ponerse arena en su piso -¿para qué?- y unos años después, se eliminó del perímetro.
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Más tarde se amplía este perímetro con la calle Iglesia y Puerta Nueva, donde se traslada el desencajonamiento. El nuevo adoquinado de las calles, resbaladizo y abrasivo, daña las pezuñas de las vacas hasta el punto de sangrar. Se intenta parchear el despropósito aplicando en el suelo resinas sintéticas contaminantes, como en Pamplona, sin resultados, y echando arena en algunos puntos.
Las nuevas barreras metálicas, anti estéticas, de tipo valenciano, se impusieron, muchas de ellas salientes sin ningún sentido. Estremece ver como en mitad de carrera las vacas se chocan en ellas con fuertes golpes que, cuando menos, las dejan atontadas en el suelo. Es tan fácil y barato evitarlo.
Ahora, la Fiesta, consiste en ver a tres buenas y hermosas vacas juntas, abrumadas, con los culos pegados en posición de defensa que cuando corren resbalan sangrando por las pezuñas, golpeándose en barreras salientes y la gente increpándolas al pasar. Una fiesta costosa, aburrida, macabra y peligrosa que nada tiene que ver con lo que fue: con la amplitud de mente y espacio abierto con arena en La Rueda, con la emoción de un lance, salto o quiebro en igualdad de condiciones, con la alegría y respeto comunitarios concentrados, con la memoria de nuestros muertos, con la grandeza de nuestro origen y tradición.
Los que antaño fueron los festejos taurinos más arraigados, emocionantes y atractivos de la Sierra de Segura, hogaño son los más degradados, impresentables y aburridos.
Adelante, ánimo, urge un cambio, más no desde la ignorancia, necedad y tozudez, sino desde el conocimiento, inteligencia y sensibilidad, porque si no, es muy probable que el remedio sea peor que la enfermedad.

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